Juan Manuel Jiménez Arenas
Profesor titular del departamento de Prehistoria y Arqueología y director del ProyectORCE
Se trata de un trabajo de sumo interés para la prehistoria universal, ya que aborda uno de los temas más trascendentales para la humanidad: el fuego. María Dolores Marín-Monfort y sus colaboradoras/es plantean un cambio importante en el paradigma actual sobre su uso, al envejecerlo en unos 800.000 años y situarlo hace 1,8 millones de años en una cueva sudafricana, Wonderwerk, que, precisamente, ya albergaba a los anteriores candidatos a los fuegos antrópicos más antiguos de la humanidad.
En mi opinión, lo más interesante de este estudio es la introducción de un nuevo protocolo rápido y no destructivo, basado en la estimulación de los restos óseos con una fuente de energía externa. Esta técnica se conoce como luminiscencia. Hay que tener en cuenta que uno de los peores ‘enemigos’ del hueso es el calor, el cual altera su composición de forma muy significativa. Estos cambios se reflejan en la respuesta que muestran ante la emisión de una luz azul especial y muy potente: los huesos quemados brillan de forma diferente a los no quemados, lo que resulta fundamental para distinguirlos.
Las/os autoras/es han aplicado esta nueva metodología a huesos de animales de pequeño tamaño que formaban parte de egagrópilas, es decir, los restos no digeridos y regurgitados de las presas de aves rapaces nocturnas. El resultado demuestra que, en la cueva de Wonderwerk (1,8 millones de años), muchos de los huesos que componían estos elementos están quemados. Así, la propuesta del equipo de investigación, liderado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, es que los humanos fueron los responsables de utilizar estos pellets naturales como combustible en el interior de esta gruta sudafricana.
Un aspecto clave que discutir es la probabilidad de que los fuegos de Wonderwerk sean de origen natural. Esto es algo que ocurre con más frecuencia al aire libre, donde se encuentra una mayor cantidad de combustible vegetal y concurren fuentes de ignición, por ejemplo, rayos, tal y como sucede hoy en día con los incendios forestales no provocados.
El impacto metodológico del artículo es incuestionable, ya que los autores realizan una aportación crucial para la caracterización de huesos quemados en contextos extremadamente antiguos. Ahora bien, lo que genera más dudas es el origen antrópico de dichos fuegos, puesto que no existen evidencias directas de que los humanos estuvieran implicados en su génesis dentro de la cueva.
Tradicionalmente, se ha sostenido que los fuegos más antiguos documentados fueron fruto del aprovechamiento de incendios naturales. En esta línea se inserta la interpretación de Marín-Monfort y colaboradoras/es, aunque van un paso más allá: sugieren que nuestros antepasados no hicieron un uso completamente pasivo, sino que habrían introducido antorchas prendidas en el exterior hasta a 30 metros de profundidad en la cavidad para encender las agrupaciones de egagrópilas.
Las/os investigadoras/es tienen a su favor varios factores. Primero, la ubicación de los restos a 30 metros de la entrada actual hace improbable que el material en llamas viajara de forma accidental desde el exterior. Segundo, el hecho de que estos fuegos se repitan a lo largo de la secuencia estratigráfica.
No obstante, para plantear un cambio de tal envergadura —con consecuencias interpretativas tan notorias para la prehistoria universal—, considero que se requerirían evidencias directas más contundentes y relacionadas con su funcionalidad (por ejemplo, la cocción de alimentos). Además, habría sido conveniente que las/os autoras/es incluyeran un apartado experimental, empleando egagrópilas, que evaluara el tiempo total de combustión, la necesidad de realimentación, el tipo de humo o la toxicidad, dado que generar un fuego en un espacio cerrado y sin ventilación puede volver el aire rápidamente irrespirable.
En conclusión, de confirmarse la datación (1,8 millones de años) y, sobre todo, la intencionalidad en la introducción del fuego en la cueva, estaríamos ante un hito que cambiaría el curso de la prehistoria. Con anterioridad a este artículo, no se habían reconocido fuegos con participación humana de tal antigüedad.
De este modo, el inicio de una de las tecnologías más revolucionarias de la humanidad hundiría sus raíces en el tiempo, situándose en un momento muy próximo a otra gran transición que daría lugar al tecnocomplejo Achelense. Este no solo supuso un cambio importante en la tipología y la forma de tallar las herramientas líticas, sino también en las capacidades.