Miguel Lorente
Los tres trabajos de The Lancet tienen una gran calidad científica y un enfoque socioecológico que permite integrar los diferentes elementos que explican cómo la salud de los hombres está asociada a la masculinidad, es decir, a la manera que la construcción sociocultural da a entender qué es ser hombre, con todos los comportamientos, hábitos y actitudes asociada a ella, y cómo dicha relación se traduce en una salud más pobre.
Lo sorprendente es que un impacto tan objetivo, recogido en indicadores como los años de vida ajustados por discapacidad (AVAD/DALY) superan en un 16 % a los de las mujeres, una expectativa de vida más baja, y una tasa de mortalidad estandarizada por edad un 38 % más alta que la de las mujeres, no haya sido objeto de atención y políticas por parte de aquellos hombres que históricamente han ocupado las posiciones de poder institucional, desde las que se podrían haber desarrollado las medidas necesarias para mejorar la salud de los hombres.
El análisis que se hace de la situación toma como marco conceptual el modelo socioecológico, en el que se ponen en relación tres grandes ejes: el primero está formado por los determinantes sociales, estructurales y comerciales; el segundo lo forma la intersección de los elementos del sistema de poder, como la clase, el género, la etnia, los factores socioculturales, etc; y el tercero, la teoría sindémica que permite asociar directamente los factores sociales y ambientales con los de las enfermedades, y cómo esa relación produce un efecto sinérgico.
La lectura de los trabajos lleva a preguntarse sobre las razones de esa 'pasividad' en responder ante un problema tan grave y con consecuencias tan amplias y profundas, pues como se recoge, el impacto negativo en la salud de los hombres conduce a problemas sociales de mayor intensidad, los cuales a su vez afectan más la salud de los hombres y, en general, la de toda la sociedad. Y las razones se deducen de la propia relación que describen los trabajos entre los factores socioculturales y el deterioro de la salud de los hombres, relación que tiene un doble impacto, a nivel social y a nivel individual.
En el plano social, la idea de una masculinidad viril, proveedora y estoica facilita la aparición de estrés psicosocial en distintas circunstancias, y conduce a hábitos nocivos para la salud, como el consumo de sustancias tóxicas, la asunción de conductas de riesgo en diferentes contextos o el recurso a la violencia. Y en el plano individual, cuando el problema de salud ya está presente, el comportamiento se caracteriza por buscar atención clínica más tarde y menor adherencia al tratamiento o abandono de este.
El protagonismo de la construcción sociocultural en los factores que conducen a una salud de los hombres más pobre se refuerza al comprobar cómo quienes han estado en las posiciones institucionales para desarrollar una respuesta a los problemas de salud de los hombres, que han sido hombres, no lo han hecho. Y la respuesta también se deduce del modelo socioecológico y gira sobre tres referencias. Por un lado, se asocia que los problemas de salud de los hombres inciden en aquellos que tienen una serie de hábitos nocivos bajo la idea de 'masculinidades tóxicas'; por otro, se entiende que los problemas de salud en los hombres son una especie de 'precio' para obtener los beneficios y privilegios sociales que el propio modelo pone a su alcance a través de los comportamientos que generan los problemas de salud; y en tercer lugar, se interpreta que la interseccionalidad de factores que aumentan la vulnerabilidad en determinados grupos de hombres o en hombres bajo circunstancias concretas, como cuando coinciden la pobreza, el grupo étnico, el desempleo, etc., en lugar de ver ese problema de salud aumentado por los elementos que interseccionan, se entiende que es un problema individual de esos hombres, no un problema social. Esta idea justifica la invisibilidad de los problemas de salud asociados a la masculinidad y refuerza el modelo social de la desigualdad al hacer creer que determinados hombres son 'inferiores' por su naturaleza.
Ni en España ni en la mayoría de los países existen estrategias específicas para abordar los problemas de salud de los hombres y su relación con los determinantes sociales, no solo reducidos al plano individual bajo un enfoque clínico. Por ello resulta esencial abordar estos elementos en las políticas y planes de salud, máxime en un momento histórico en el que coinciden factores de incertidumbre social, precariedad laboral, estrés psicosocial o aislamiento potenciado por el uso de las redes, que impactan directamente en la salud masculina.
El escenario se ensombrece aún más cuando se observa que en la actualidad coinciden dos elementos críticos: en primer lugar, la potenciación de una idea de masculinidad basada en las referencias tradicionales a la virilidad, el estoicismo de los hombres, y la reivindicación de unos niveles de testosterona elevados con expresión a nivel conductual y a nivel físico con un cuerpo musculado. Y, en segundo lugar, las propuestas que niegan la referencia de género para desarrollar las políticas de salud, posiciones que, incluso, están cuestionando todas las iniciativas abordadas sobre la salud de las mujeres, y que harán más difícil incorporar el enfoque de género a las políticas sanitarias centradas en la masculinidad.